La hiperactividad no siempre se ve desde fuera. En muchos adultos con TDAH ocurre por dentro, en una mente que encadena tareas, ideas y proyectos sin percibir el desgaste hasta que el cuerpo dice basta.
En el último reel hablaba de algo que observo con muchísima frecuencia en consulta: la dificultad que tienen algunas personas con TDAH para dosificar su energía.
No me refiero únicamente a organizar mejor el día o a aprender a utilizar una agenda. Hablo de algo mucho más interno: no darse cuenta de que la mente puede tener todavía ganas de continuar cuando el cuerpo lleva horas pidiendo que paremos.
Especialmente cuando existe una importante hiperactividad mental, la sensación puede ser la de tener un motor permanentemente encendido.
Pienso una cosa y me pongo con ella. Mientras la hago recuerdo otra que tenía pendiente y aprovecho para empezarla también. Entonces aparece una nueva idea, contesto un mensaje, reorganizo algo, comienzo otra tarea y, casi sin darme cuenta, llevo varias cosas abiertas al mismo tiempo.
En ese momento no necesariamente aparece cansancio. Al contrario. Muchas personas sienten que pueden con todo.
Y precisamente ahí está el problema.
La mente va tan deprisa que no siempre permite percibir el coste que está teniendo ese ritmo sobre el cuerpo. Es como si mentalmente todavía quedara combustible, aunque físicamente el depósito estuviera acercándose a la reserva.
Esta diferencia entre la energía que sentimos que tenemos y la energía que realmente podemos sostener es algo que trabajo mucho con mis pacientes.
Porque el agotamiento no siempre avisa poco a poco.
A veces llega de golpe.
Después de varias horas funcionando a una intensidad muy alta aparece la saturación. Cuesta concentrarse, aumenta la irritabilidad, cualquier pequeño estímulo molesta más y aquello que unas horas antes parecía sencillo empieza a resultar insoportable.
Hasta que llega el bloqueo.
Y entonces ocurre una paradoja que desconcierta mucho a quien la vive: pasar de hacerlo absolutamente todo a sentir que no puede hacer nada.
Hay personas que por la mañana pueden trabajar, organizar asuntos pendientes, responder mensajes, realizar gestiones, comenzar nuevos proyectos y mantener la cabeza ocupada continuamente y que, unas horas después, necesitan aislarse, tumbarse o simplemente no hablar con nadie.
Desde fuera puede parecer contradictorio.
Desde dentro tiene bastante sentido.
El cuerpo está intentando recuperar lo que la mente no supo reservar.
Por eso, cuando hablamos de TDAH, me parece importante alejarnos de esa visión reducida que lo relaciona únicamente con distraerse o con tener dificultades para permanecer quieto. En los adultos, una parte importante de esa hiperactividad puede ocurrir internamente.
La persona está sentada, pero su cabeza lleva horas corriendo.
Y correr mentalmente también cansa.
Además, existe otro componente que puede hacer todavía más difícil detenerse. Cuando aparece algo interesante, estimulante o novedoso, muchas personas con TDAH pueden involucrarse intensamente en ello y perder la referencia del tiempo, del cansancio e incluso de necesidades básicas como comer, descansar o simplemente hacer una pausa.
El problema no siempre está en no poder hacer las cosas.
En ocasiones está precisamente en no saber cuándo dejar de hacerlas.
Por eso hay una idea que repito mucho en consulta: la energía no deberíamos medirla únicamente por todo aquello que somos capaces de hacer en un momento de activación, sino también por cómo vamos a encontrarnos después.
Poder hacerlo no significa necesariamente poder sostenerlo.
Y aprender esta diferencia puede ser especialmente difícil para aquellas personas que llevan toda una vida funcionando por impulsos de energía: días en los que hacen muchísimo, seguidos de momentos en los que necesitan recuperarse completamente.
Con el tiempo, además, puede aparecer culpa.
“¿Cómo puede ser que ayer pudiera con todo y hoy no pueda hacer nada?”
Porque seguimos interpretando nuestra capacidad como si fuera constante. Pero no siempre lo es. Y cuando una persona ha consumido prácticamente todos sus recursos durante un periodo de gran activación, necesitar recuperarse después no significa que sea vaga, irresponsable o poco constante.
Significa que existe un límite.
Aprender a detectarlo antes de llegar al agotamiento también forma parte del trabajo terapéutico.
No esperar a estar exhaustos para descansar. Introducir pausas aunque todavía sintamos que podemos seguir. Observar las primeras señales corporales de saturación. Y, sobre todo, entender que bajar el ritmo no significa desperdiciar el tiempo.
A veces significa precisamente conseguir llegar mejor al final del día.
Porque una de las grandes dificultades de una mente que funciona muy rápido es que se nos olvida ir despacio.
La cabeza puede seguir proponiendo ideas, tareas y proyectos.
Pero el cuerpo también necesita tener derecho a decir: por hoy, es suficiente.
Si al leer estas líneas te has reconocido en esa sensación de pasar de hacerlo todo a quedarte completamente agotado, o de tener una mente que continúa pidiendo más incluso cuando tu cuerpo necesita parar, comprender tu forma de funcionar puede ayudarte a aprender a regular mejor tu energía.
Puedes encontrarme en el Centro de Psicología Noelia Salas, en Algeciras, donde estaré encantada de orientarte y acompañarte en este proceso.
Noelia Salas
Psicóloga General Sanitaria

