Los más veteranos aficionados algeciristas ya pueden presumir ante sus nietos que han asistido, en apenas dos décadas, prácticamente a más acontecimientos que en el resto de existencia de la entidad, que encuentra sus orígenes en 1.909.
El inicio de esta nueva etapa trepidante, con todo tipo de altibajos y tambaleándose hasta en varias ocasiones con el riesgo de la desaparición, podríamos situarlo en el cambio de casa. En 1.999, tras una operación municipal, que todavía hoy hay un buen nutrido grupo de ciudadanos que no llega a entender, el Algeciras CF dejaba el viejo estadio, situado en pleno centro, en el corazón de la barriada del Arroz, para mudarse a las afueras, ubicando su nuevo hogar en el polígono industrial de La Menacha.
Esa misma temporada se acabó descendiendo, a pesar de estrenar estadio, que sólo tres años después acogería partidos de Segunda, tras el ascenso histórico, dos décadas más tarde, a la división de plata, con el mítico José Luis Montes en el banquillo.
Igual que se tocó la gloria, se bajó a los infiernos para morder el polvo – nunca mejor dicho- de la Primera Andaluza porque tuvo que jugar en campos de albero, como Bornos o El Rosal. Y todo por culpa de una herencia de la nefasta gestión anterior que acabó rematando el empresario Miguel Ángel Verdejo. Como él, varios grupos inversores, como Cabo Internacional o el liderado por varios italianos que ni siquiera llegaron a formalizar su desembarco.
Todos estos vaivenes no dejaban de manifestar la inestabilidad de un club casi siempre con la soga al cuello, viviendo en el alambre y que, para colmo, en esta última época más reciente, tuvo que hacer frente a los estragos de una pandemia. Ahí sí que parecía que podía llegar su sentencia definitiva, pero, todo lo contrario. Como está escrito en el catecismo algecirista, en los peores momentos es cuando rescata su mejor versión y se viene arriba, tanto que llegó a estar en Segunda durante unos minutos del partido que le enfrentó en Almendralejo a la Real Sociedad B, que finalmente sería quien acabaría logrando el salto.
Como en otras ocasiones, parece que se alinearon los astros, porque, ya por entonces, en su camino se había cruzado otro foráneo interesado en hacerse con sus riendas, pero, en esta ocasión, por derecho, haciendo bien las cosas y asumiendo de una vez por todas la necesidad de darle el sello que te permite aspirar a otras cosas dentro del fútbol actual. De la mano de Félix Sancho se inició el proceso de conversión en sociedad anónima deportiva, a pesar de las tremendas dificultades encontradas en el camino tortuoso que ahora está a punto de llegar a su final.
En lo deportivo, se ha podido integrar desde el minuto cero en una categoría tan atractiva para el espectador como ruinosa en lo económico y que puede tener los días contados, la Primera REF.
Y en medio de toda esta vorágine, el cambio radical que supone pasar del fútbol de antaño, llevado por un grupo de apasionados, como los Bernardo Martín, Juan Gandiaga – ya tristemente desaparecidos ya – y compañía, a gestionarlo como una empresa, el Algeciras CF se americaniza, dando el salto al otro lado del Atlántico de la mano del inversor Mac Lackey, que tiene previsto lanzar la marca a modo de escuelas de fútbol por todo el territorio estadounidense, sin descartarse que California pueda ser el lugar elegido para instaurar una de las primeras.
Lo escrito, no se puede correr más en menos tiempo: el Algeciras de las equipaciones tendidas bajo la torreta del viejo Mirador, vendiendo su marca en plena Quinta Avenida, ¿te imaginas, algecirista? Pues créetelo porque tiene visos de convertirse en realidad más pronto que tarde.

